
Cuando el afamado arquitecto Michael Graves contrajo un misterioso virus en 2003, comenzó un nuevo capítulo en su vida. Paralizado del pecho hacia abajo, este pionero del posmodernismo dependería para siempre de una silla de ruedas. Se podría haber pensado que los días más influyentes de Graves como arquitecto habían quedado atrás tras luchar por su vida, pasar por ocho hospitales y cuatro clínicas de rehabilitación, y enfrentar una movilidad reducida permanente. Sin embargo, no fue así. Al contrario, aprovechó su nueva condición para diseñar una serie de hospitales, centros de rehabilitación y otros proyectos precursores hasta su muerte en 2015. Su objetivo era mejorar la calidad de vida de los usuarios a partir de una nueva comprensión de la cotidianidad de las personas en silla de ruedas y de aquellos detalles que antes solían pasar desapercibidos para los diseñadores.
Tal como lo describió Barbara Sadick en un artículo para The Washington Post, Graves y sus colegas siempre fueron conscientes de las dificultades que enfrentan las personas en silla de ruedas al desplazarse por el entorno construido. No obstante, su enfermedad le brindó una experiencia directa e inédita. Desde la habitación donde recibió tratamiento, observó que “la dependencia de este tipo de diseños obligados puede llegar a generar una profunda sensación de desesperación”. Esto lo llevó a reflexionar sobre la necesidad de que los diseñadores comprendan lo que significa tener el cuerpo confinado a una silla de ruedas, desde los problemas de circulación hasta el detalle minucioso de cómo recoger un papel del suelo. Como el propio Graves relató: “Después de enfermarme, todo esto se volvió sumamente real para mí, por lo que desde entonces hice que mi equipo de diseño pasara una semana entera en silla de ruedas”.
