
Históricamente, los edificios se concibieron para resolver un problema sencillo: el refugio. A través de la forma y la materia, protegían a sus habitantes de las inclemencias del tiempo y organizaban la actividad humana. No obstante, la arquitectura moderna, de la mano con la evolución de los estilos de vida, incorporó nuevas prioridades: eficiencia, densidad, innovación estructural y estética. Hoy en día, las exigencias son mayores. Quienes habitan los espacios demandan, cada vez más, entornos que respalden activamente su forma de vivir, trabajar y sentir.
El bienestar se ha convertido en una preocupación central de la época contemporánea. Décadas de investigación en psicología ambiental y ciencias de la construcción revelan que las condiciones interiores pueden afectar profundamente la salud y el comportamiento humano. Por ejemplo, la iluminación influye en los ritmos circadianos y los patrones de sueño; la calidad del aire incide en el rendimiento cognitivo y la salud respiratoria, mientras que la temperatura y la acústica determinan el confort y la concentración.






