
El poco conocimiento acerca de esta película por el público en general quizás se deba al fracaso taquillero que resultó ser en su país de origen y a la poca iniciativa que hubo después para exhibirla en el extranjero. En muchos países inclusive nunca llegó a estrenarse injustamente. Solo el formato casero y el boca a boca han sabido rendir tributo a un trabajo, que pese a su escaso presupuesto, resulta brillante en cuanto a su imagen y trasfondo teórico.
El filme nos transporta a un mundo de posguerra, que por causas que desconocemos pero se obvian en las primeras imágenes de la cinta, ha sobrevivido una tercera guerra mundial y se ve en la necesidad dramática de prevenir a toda costa un nuevo conflicto similar. Y como medio drástico de controlar a la población, se erige un nuevo gobierno totalitario que por medio de una droga, inhibe los sentimientos de las personas, convirtiéndolos en verdaderos autómatas.
Este mundo totalmente ajeno a emociones se nos muestra dividido en dos realidades. Por un lado tenemos el interior, la ciudad que se mantiene cerrada al exterior, envuelta en un ambiente limpio y ordenado, frío y deshumanizado donde las personas habitan como parte de un mecanismo dirigido por una mano invisible. Su contraparte, el exterior, la periferia de la ciudad, yace oscura y envuelta en las ruinas de la vieja ciudad. Es un territorio salvaje, inhóspito, envuelto en conflictos y en donde sus habitantes se hallan estigmatizados y en donde se refugian los “criminales” y revolucionarios que se oponen a lo establecido.














