
La arquitectura suele entenderse como una cuestión de cerramiento. Los muros definen el espacio, separando el interior del exterior y estableciendo límites claros. Sin embargo, en muchos proyectos en América Latina, esta distinción se vuelve menos precisa. En lugar de funcionar como objetos cerrados, los edificios suelen permanecer abiertos, permitiendo que el aire, la luz y el movimiento los atraviesen.
Esta condición trasciende la mera forma. A lo largo de la región, la arquitectura ha respondido históricamente a climas caracterizados por el calor, la humedad, una fuerte exposición solar y lluvias estacionales, así como a culturas constructivas definidas por la adaptación, el trabajo colectivo y un vínculo directo con el entorno. En estos contextos, los interiores completamente sellados no siempre representan la respuesta más eficaz. El espacio suele organizarse a través de la sombra, la ventilación y zonas intermedias que regulan en lugar de aislar.




