
Durante siglos, la arquitectura se ha definido por una permanencia inmutable. Se asume que un edificio es fijo, con sus muros y cimientos inmóviles en el espacio. Sin embargo, un número creciente de arquitectos/as desafía hoy esta premisa al incorporar el movimiento en la propia materialidad y en las estructuras tectónicas de las edificaciones.
Cuando las cubiertas se articulan, los muros se deslizan y estructuras enteras responden a sus ocupantes, ocurre algo extraordinario: los espacios arquitectónicos se convierten en un componente activo de los rituales cotidianos. Estos momentos de apertura, cierre, desplazamiento y transformación espacial arraigan a los edificios en el momento presente y exigen un compromiso activo de los/as usuarios/as. Así, la arquitectura deja de ser un objeto o un monumento para convertirse en una coreografía de participación.















