Biblioteca de libros raros Beinecke, Universidad de Yale, Gordon Bunshaft, 1963. Imagen a través de Barry Winiker / Getty Images
Algunos años terminan siendo puntos clave en la cultura, 2021 fue uno de esos años, con COVID-19 como la primera amenaza existencial para nuestra cultura desde la Segunda Guerra Mundial. Como resultado, la arquitectura cambiará y puede evolucionar en la percepción pública para valorar las motivaciones como un criterio para comprenderla, en lugar de valorar los resultados como la validación de cualquier estética particular.
¿Cuántos cambios han realizado en su espacio interior durante este último año? Ya sea que se tratara de un cambio de disposición de los muebles, volver a pintar las paredes, agregar más artefactos de iluminación o tal vez incluso quitarlos, después de pasar tanto tiempo en un lugar, el espacio en el que una vez teían costumbre ya no tenía sentido. Podríamos culpar a la situación general por cómo nos hemos sentido últimamente, pero de hecho, el entorno interior juega un papel muy importante en cómo nos sentimos o nos comportamos también. Sin embargo, si se preguntaba por qué algunas y algunos vecinos parecen mucho más tranquilos y serenos incluso en medio de una pandemia, podría deberse a que el interior es más verde en el otro lado de la puerta.
En esta ocasión, el arquitecto Rodrigo Rieiro Díaz, desde el Colectivo ARKRIT, nos trae un artículo que profundiza cómo algunos arquitectos contemporáneos se han negado a ocultar las heridas de las edificaciones derivadas de sus procesos de materiales en proyectos de rehabilitación, en una suerte de apuesta por enfatizar la preexistencia como atractivo plástico.
Si bien es cierto que no pintar -o cubrir con tapajuntas- las señales de los procesos materiales en la edificación durante los procesos encaminados a su reutilización supone un ahorro económico, parece que existe por parte de ciertos arquitectos contemporáneos una voluntad que va más allá de la mera supresión de una partida del presupuesto.
De hecho, existe una tradición contemporánea, la de la reutilización de edificaciones industriales como espacios para el arte, en la que esta práctica es habitual. Este modelo de centro expositivo a medio camino entre la galería y el estudio de artistas y orientado a un público joven y urbano, tiene ya una tradición de al menos 40 años. Hay algo de consagración del método, sin embargo, en su utilización por los ayuntamientos de grandes ciudades europeas para sus instituciones culturales y en la gran acogida en medios académicos y profesionales de estas intervenciones.