
Durante siglos, las gallinas han vivido junto a las personas en asentamientos de todas las escalas, desde granjas rurales y aldeas hasta densos barrios urbanos. En gran parte del mundo, la cría de gallinas ha sido parte de la vida cotidiana, proporcionando huevos y carne a los habitantes, o control de plagas para las tierras agrícolas circundantes. Las estructuras construidas para albergar a las gallinas variaban según los materiales locales, el clima y las prácticas culturales, pero compartían un propósito común: crear un espacio donde las gallinas y los seres humanos pudieran coexistir. El gallinero no es una tipología arquitectónica nueva ni una respuesta contemporánea a la vida urbana; al contrario, es una forma que se ha adaptado continuamente a las cambiantes condiciones sociales, ambientales y espaciales.












