
En 1743, se instaló en un patio del Palacio de Versalles una pequeña cabina suspendida por cuerdas para el uso privado del rey Luis XV. Operada manualmente por sirvientes ocultos a la vista, la llamada "silla voladora" permitía el desplazamiento entre pisos sin necesidad de escaleras y, sin saberlo, planteó una de las preguntas fundamentales de la arquitectura moderna: cómo trasladar a las personas verticalmente de manera eficiente, segura e integrada al edificio.
La mecanización de este principio, con la introducción del ascensor de seguridad a principios de la década de 1850, allanó el camino para una transformación urbana sin precedentes. Sin el ascensor, los rascacielos de Chicago y Nueva York de la década de 1880 habrían sido inviables, no por limitaciones estructurales, sino por cuestiones de acceso. El ascensor no solo hizo posible construir a mayor altura, sino que también definió la lógica operativa de estos edificios: dónde se ubicarían sus núcleos, cómo se organizarían sus vestíbulos y quién podría acceder a qué espacios.





































































































