La huella de carbono y las emisiones de CO2 son temas centrales en nuestras conversaciones sobre cómo construir un futuro más sostenible. Con el tiempo, diversas empresas, organizaciones y personas se han comprometido a modificar sus hábitos y estilos de vida para demostrar su dedicación a la lucha contra el cambio climático. Especialmente en la industria del diseño, donde los edificios generan casi el 40% de las emisiones anuales de CO2 —divididas entre el funcionamiento diario y la construcción/demolición—, los/las arquitectos/as llevan tiempo sintiendo la presión de buscar formas de demostrar que están haciendo su parte.
Al analizar las diferentes escalas de las emisiones, surge una pregunta recurrente: ¿cómo podemos medir los distintos niveles de impacto? ¿Recae en cada persona, de manera individual, la responsabilidad de reciclar y asegurarse de no volver a usar sorbetes de plástico? ¿Tiene esto siquiera un impacto significativo? ¿Deben los fabricantes de automóviles buscar más alternativas a los vehículos de gasolina? ¿Deben los/las arquitectos/as abastecerse únicamente de materiales sostenibles? ¿Cuáles son las medidas concretas que realmente marcan la diferencia?
Este artículo se publicó originalmente en CommonEdge con el título "What Landscape Architects and Urban Designers Can Learn About Public Space From Cuba."
Ciertamente era para lo que había venido: me encontraba sentado en un camellón amplio y adoquinado, mirando a las personas interactuar en el ámbito público. Era una tarde de agosto en Cuba, había encontrado un respiro temporal del áspero sol bajo una variedad de árboles al azar. Mi trabajo de diseño como arquitecto paisajista se centra en los parques, los paisajes urbanos y los campus académicos. Me interesaba ver qué tan diferentes podrían funcionar los espacios abiertos de Cuba.