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Arquitectos: Andres Francesconi, Carlos Di Napoli, Sebastian Stechina
- Área: 9013 m²
- Año: 2025



Nunca ha habido un momento de mayor celebración para el trabajo artesanal en la arquitectura. En revistas, premios y exposiciones internacionales, el ladrillo hecho a mano, el enlucido de cal, la piedra tallada, el bambú tejido y la tierra apisonada han resurgido como símbolos de responsabilidad ambiental, continuidad cultural y autenticidad arquitectónica. Más allá de estos proyectos minuciosamente documentados se esconde otra realidad. La gran mayoría de los edificios que se construyen hoy en día —desde bloques de departamentos y torres de oficinas hasta viviendas sociales y desarrollos comerciales— siguen dependiendo de sistemas industrializados que dejan poco espacio para las y los artesanos calificados. El oficio artesanal se ha vuelto cada vez más visible justo en el momento en que es más inusual. En países como la India, este contraste resulta imposible de ignorar. Tradiciones constructivas centenarias coexisten con una de las industrias de la construcción de más rápido crecimiento en el mundo. Para replantear la pregunta de por qué está resurgiendo el trabajo artesanal, tal vez el verdadero interrogante radica en por qué ahora aparece principalmente allí donde los presupuestos, los plazos de obra y la clientela pueden costeárselo.









En 1968, el diseñador de mobiliario y profesor del RCA David Pye publicó The Nature and Art of Workmanship, un libro estructurado en torno a la distinción entre el "oficio de riesgo" y el "oficio de certeza". Pye no escribía sobre arquitectura y, a pesar de cómo se suele emplear hoy en día este concepto, en realidad tampoco se refería a la dicotomía entre las manos y las máquinas. De hecho, señaló que una imprenta, aun siendo completamente mecánica, sigue dependiendo de que una persona evalúe la tinta y el registro, mientras que en el torneado manual de madera se puede seguir una plantilla con tanta precisión que prácticamente nada queda al azar.
El oficio de riesgo, según la definición de Pye, es cualquier proceso en el que el resultado no está predeterminado, sino que depende del juicio, la destreza y la atención de quien lo ejecuta mientras el trabajo está en marcha. El oficio de certeza representa la condición opuesta, ya que el resultado se define antes de que comience la producción, fijado en una plantilla, un molde o un programa, de modo que todo el proceso posterior se limita a la ejecución. Pye se encargó de señalar que ninguno de los dos modos es inherentemente superior, y que una máquina de control numérico, calibrada para dejar margen a la variación, puede estar más cerca del riesgo que una herramienta manual guiada por una plantilla fija.



El centro de una planta nunca es simplemente un espacio vacío. Una vez que las habitaciones y los recorridos comienzan a organizarse a su alrededor, el centro empieza a estructurar la totalidad del diseño. Puede albergar un patio, una escalera, un jardín o una habitación compartida. También puede preservar algo preexistente en el sitio o dar soporte a un proceso que la arquitectura no controla por completo. Lo que ocupa esta posición determina cómo se distribuyen, conectan y utilizan los espacios circundantes.
En Un lenguaje de patrones, de Christopher Alexander, Sara Ishikawa y Murray Silverstein, se describe que los espacios compartidos son más eficaces cuando se sitúan en el centro de gravedad de la vida cotidiana y permanecen conectados con las rutas que las personas transitan con mayor frecuencia. Su argumento sugiere que un centro es relevante no por ocupar el medio geométrico, sino porque las habitaciones, los senderos y las actividades circundantes le otorgan peso espacial. Los proyectos incluidos aquí extienden esa idea más allá del espacio comunitario, mostrando cómo el centro puede organizar la circulación, el uso colectivo, los sistemas ambientales y la relación entre la arquitectura y lo preexistente en el sitio.