
La arquitectura siempre se ha considerado una entidad fija, en contraste con la apariencia siempre cambiante de la naturaleza. La fotografía ha seguido fielmente este concepto de inmovilidad, al intentar fijar la presencia “eterna” de la arquitectura como un ícono memorable. En términos históricos, por lo tanto, la arquitectura y el paisaje coexistían en el continuo humanista del espacio interior y exterior al que aspiraba el Movimiento Moderno, como “extensiones del ser humano”, en relaciones incidentales e inquietantes de adyacencia y reflectividad. Mi intención a través de mi fotografía ha sido cambiar esta percepción.




