
Concreto, acero, madera, vidrio. Cada año, millones de toneladas de materiales de construcción son descartadas, acumuladas en vertederos y silenciadas bajo el peso del siguiente edificio. Estructuras enteras desaparecen para dar paso a otras, reiniciando un ciclo voraz de extracción de recursos, producción de materiales y reemplazo. Junto con los escombros que se acumulan, también se pierde algo más profundo: el tiempo, el trabajo humano, las historias y la memoria colectiva plasmada en la materia. En una época en que los objetivos climáticos exigen reducir las emisiones y extender la vida útil de lo existente, la demolición se reconoce cada vez más como una forma de amnesia urbana, una que borra no solo la continuidad cultural sino también la energía incorporada de los edificios. Y aun cuando se suele decir que el edificio más sostenible es el que ya existe, ese principio rara vez sobrevive cuando entran en juego otros intereses.
En respuesta, iniciativas como HouseEurope!, ganadora del Premio OBEL de este año, proponen un cambio de paradigma: la reutilización debe convertirse en la regla, no en la excepción. Su punto de partida es claro. Como afirma Alina Kolar, gerenta de campaña, "Europa está en camino de demoler cerca de 2,000 millones de m² de edificios para 2050. Solo para reemplazarlos por nuevas edificaciones. El sistema actual está diseñado para demoler y construir de nuevo". El problema no es solo técnico sino estructural: los sistemas financieros, la legislación y los incentivos fiscales siguen favoreciendo la obra nueva, mientras que los edificios existentes son tratados como obstáculos para el progreso.












