
Para los monumentos dignos de una admiración constante, las prácticas de conservación se han movilizado de manera selectiva con el fin de reforzar su prestigio y asegurar su lugar en el centro de las narrativas del patrimonio. En cambio, aquellas estructuras cuya arquitectura vernácula debería ser heredada pasan desapercibidas ante la mirada selectiva de los/las expertos/as. Las casas en hilera, los locales comerciales y las estructuras barriales que conforman el tejido de nuestras ciudades a menudo se dejan deteriorar hasta quedar irreparables. Pero, más allá de la estética, las pérdidas son mucho mayores.
La demolición parece más económica que la restauración cuando se omiten los costos económicos del patrimonio intangible. Al quedar el conocimiento técnico de conservación bajo llave tras los honorarios profesionales, los/las propietarios/as que se enfrentan a un edificio en deterioro solo ven dos cifras: el costo de la obra y el costo de los honorarios. Por un lado, está el costo de contratar a un/a arquitecto/a restaurador/a, un/a ingeniero/a estructural y contratistas especializados/as para un diagnóstico y un plan de restauración. Por el otro, el costo de un permiso de demolición y una nueva construcción. La demolición se impone, no porque sea realmente más económica al contabilizar la energía incorporada de los materiales, los costos de infraestructura y el valor del ciclo de vida, sino porque el conocimiento necesario para restaurar a un costo accesible sigue siendo inalcanzable.









