
Cerca del 80% de la población brasileña vive sobre lo que alguna vez fue un bosque y ni siquiera se da cuenta de ello. En Brasil, la historia se construyó y se sigue construyendo bajo la premisa de la ciudad en oposición al bosque, en una matriz civilizatoria basada fundamentalmente en la devastación de las ecologías nativas y su sustitución por monocultivos e especies invasoras. En pocos siglos, transformamos un continente boscoso megadiverso en entornos estériles a través de estandarizaciones urbanísticas, arquitecturas desoladoras y paisajismos insostenibles, impuestos como proyecto. Vivimos sobre antiguos bosques, pero nos resistimos a pensar las ciudades como ruinas forestales. [1]














