
Tokio es interminable. Se trata de una ciudad hecha de varias ciudades, donde todo es superlativo y el encuentro con la escala descomunal es constante. Para quien la visita por primera vez, proveniente de un país tan plural como Brasil, el choque cultural es enorme. Todo está extremadamente limpio a pesar de no haber basureros públicos, la impresión es de una violencia inexistente y se percibe a toda la sociedad siguiendo de manera ejemplar los rígidos códigos de disciplina. Queda la sensación de que las relaciones humanas y los sentimientos individuales se relegan a un segundo plano para priorizar la colectividad, con todo lo bueno y lo malo que este estilo de vida pueda conllevar.
Desde una perspectiva arquitectónica, se nota que casi todo está muy bien diseñado y en constante mantenimiento. Modulaciones perfectas, acabados impecables y materiales nobles aplicados como si no existiera restricción presupuestaria alguna. Hay buenos proyectos por todas partes y no es inusual "tropezar" con obras de grandes figuras de la arquitectura.


















































