
El campus universitario posee una tipología espacial distintiva. Establecidos como microciudades, estos entornos autosuficientes están sujetos a sus propias reglas y sistemas. Se diseñan como una desviación de las ciudades que los albergan para permitir el crecimiento y la proliferación del conocimiento al margen del statu quo. Centrados en la transferencia de información, los centros académicos adquieren cada vez mayor relevancia para el urbanismo. Así, los campus y sus ciudades anfitrionas evolucionan imitando mutuamente sus estructuras, lo que genera oportunidades de renovación urbana.
La denominación de «ciudad universitaria» surgió del creciente fenómeno de asentamientos y economías que prosperan alrededor de los campus. Si bien estas localidades suelen estar dominadas por la población estudiantil, también albergan oportunidades de empleo vinculadas a la institución y a sus campos de estudio. Universidades tan antiguas como Cambridge dieron origen a asentamientos de esta manera, y su estructura dispersa acabó por determinar el trazado actual de la ciudad. Con el tiempo, el tejido urbano se entrelazó con los núcleos universitarios para crear una red de conocimiento. La symbiosis entre el campus y la ciudad definió la cultura de la región a través de un estilo arquitectónico, tendencias de moda y espacios de socialización.






