
Sabemos que las ciudades brasileñas son excluyentes. No priorizan el transporte público, lo que perjudica a los sectores de menores recursos. Segregan los barrios más ricos, empujando a la clase trabajadora a vivir en las periferias urbanas. E incluso allí, una gran parte de la población solo puede pagar por viviendas en el mercado informal.
No es de extrañar que el gobierno brasileño intente corregir, desde hace décadas, problemáticas urbanas, principalmente el desarrollo de viviendas para los sectores de menores ingresos. Minha Casa Minha Vida y su sucesor, Casa Verde e Amarela, presentan fallas en sus mecanismos, pero demuestran preocupación por el acceso de las clases de menores recursos al mercado inmobiliario.









