
Cada vez es más común que las familias contemporáneas busquen opciones habitacionales que no solo atiendan sus condiciones sociales, económicas y culturales, sino que también sean capaces de responder a sus necesidades habitacionales futuras. Al mismo tiempo, somos testigos del esfuerzo emocional, físico y financiero que implica transformar y adaptar espacios ya construidos con el objetivo de responder a los cambios familiares. De este modo, pensar en viviendas que sean evolutivas y adaptables es uno de los grandes desafíos para los/las arquitectos/as en la actualidad.
Transformar construcciones preexistentes es una actividad desafiante, costosa y, en muchos momentos, puede resultar penosa. Aun así, con el paso de los años, las configuraciones familiares tienden a cambiar y evolucionar, al igual que sus necesidades cotidianas y espaciales, de manera que las remodelaciones terminan por ser imprescindibles para acompañar esta evolución. A lo largo de 2020, 2021 y 2022, por ejemplo, pudemos experimentar con mayor intensidad la necesidad de realizar adaptaciones domésticas debido a la pandemia de COVID-19, ya fuera para adaptar una oficina en casa a causa de la cuarentena, o bien para recibir a personas sobrevivientes de la COVID con alguna secuela.





