
Desde principios del siglo XX, el automóvil particular ha venido moldeando las ciudades y la arquitectura, demandando espacios específicos para circular y ser resguardado. Los autos y motocicletas dictaron la organización espacial, e incluso el paisaje urbano y rural, de países enteros. No obstante, ante la crisis climática e hito de los problemas que este modelo de desarrollo genera en las urbes y en el planeta, cada día son más visibles as iniciativas que buscan suprimir los automóviles individuales motorizados impulsados por combustibles fósiles, al mismo tiempo que se percibe la necesidad de resignificar espacios antes dedicados a los vehículos. Más agraciados de las calles y los espacios públicos, esta transformación también se siente a escala del edificio, en casas y conjuntos residenciales que comienzan a concebir los garajes como espacios más dinámicos.
Por lo general, el garaje es un espacio de almacenamiento destinado principalmente a mantener los autos y motocicletas protegidos de la intemperie. En algunos casos, puede compartir espacio con áreas de servicio o mantenimiento —como equipos de calefacción e instalaciones hidráulicas— o servir para guardar herramientas y objetos de uso poco frecuente. En ocasiones, incluso se utiliza como taller doméstico, pero, por lo general, su uso es secundario y su ubicación se mantiene apartada de las áreas sociales de la vivienda. Al resignificar nuestra relación con el automóvil, también remodelamos los espacios vinculados a este, lo que abre nuevas posibilidades de uso, ya sea integrando el vehículo con las necesidades cotidianas o prescindiendo por completo de él.










