
Este artículo fue publicado originalmente en Common Edge.
Pocos negocios en los Estados Unidos son vistos con tanto afecto como los comercios familiares. Las tiendas gestionadas por sus propios dueños poseen una cualidad que transmite que «todo marcha bien en el mundo»; satisfacen las necesidades cotidianas del barrio y, mediante el constante trato directo, ayudan a que las personas se sientan parte de una comunidad solidaria. Sin embargo, desde hace tiempo estas tiendas de barrio se encuentran bajo una gran presión. En el medio siglo posterior a 1950, el automóvil trasladó gran parte del comercio minorista estadounidense hacia corredores viales periféricos imposibles de transitar a pie, reduciendo drásticamente el número de estos pequeños establecimientos locales. En las últimas dos décadas, el auge del internet ha intensificado la presión sobre el comercio físico, una situación que la pandemia no hizo más que agravar.






