
Lo que estamos experimentando actualmente a nivel global es un cambio de valores. Una crisis como la del COVID-19 nos lleva a cuestionar cómo queremos vivir, quiénes nos importan y cómo deberíamos emplear nuestro tiempo. A medida que nuestras necesidades cambian, nos enfocamos en valores duraderos como la familia, la comunidad y el bienestar físico y mental. En cuanto a los objetos de los que nos rodeamos, conceptos como el valor perdurable, la longevidad y la calidad adquieren un papel protagonista. Ya no se trata únicamente de lo que es bueno para el individuo hoy, sino de lo que será útil y relevante mañana.
Al observar cómo cambian nuestros entornos habitables —a medida que las ciudades de todo el mundo se vuelven más densas—, la naturaleza y el espacio personal cobran una relevancia aún mayor. Al mismo tiempo, estos cambios vienen acompañados por los efectos de una nueva cultura laboral en la que trabajamos desde casa más que nunca y, en consecuencia, el hogar adquiere un protagonismo renovado. Así, se está invirtiendo de manera decidida en la calidad de los espacios de vida personales.
Crece el deseo de autenticidad, de materialidad, tactilidad y háptica, como contraparte a nuestro entorno cada vez más digital. Cuanto más incierto nos resulta el mundo exterior, más importantes se vuelven los lugares de regeneración. El deseo de promover el bienestar propio y los temas de autocuidado siguen consolidando al baño como un espacio de gran relevancia. De este modo, el cuarto de baño asume cada vez más funciones: como spa privado, gimnasio o, tal vez, simplemente como un refugio personal de anhelo.



























