
De acordo con datos divulgados por la Organización de las Naciones Unidas (ONU, 2017), la población mundial alcanzó los 7.600 millones de habitantes, de los cuales más de la mitad (54%) vive en áreas urbanas. En Brasil, según datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE, 2010), el 84,4% de las personas vive en ciudades.
En este escenario, para el año 2016 existían 31 ciudades con una población superior a los 10 millones de habitantes localizadas en el llamado “sur global” —un área conformada exclusivamente por países en desarrollo. Cabe destacar que la explosión demográfica de estas megaciudades se debió a procesos migratorios, a través de los cuales miles de personas se vieron atraídas hacia las urbes en busca de oportunidades laborales y movilidad social. Asimismo, una parte de esta población puede considerarse refugiada, ya que a menudo emigra no por opción, sino en busca de mejores condiciones de vida, huyendo de desastres naturales o de conflictos armados, entre otros factores.
En las grandes ciudades, casi 1.000 millones de personas viven en asentamientos informales[1] que constituyen porciones significativas del tejido residencial de las áreas urbanas. De acuerdo con el documento temático elaborado para Habitat III, celebrado en Quito en 2016, este tipo de tejido se caracteriza por: viviendas sin seguridad de tenencia, ubicadas en áreas con ocupaciones ilegales o alquileres informales; barrios generalmente aislados de los servicios básicos de saneamiento, agua potable, espacios públicos y áreas verdes; y prácticas excluyentes que han propiciado condiciones históricas de desigualdad económica y segregación. En definitiva, bajo cualquiera de estas circunstancias, la población residente está expuesta de manera constante a enfermedades, violencia, desalojos y gentrificación, como muestra la siguiente imagen.










