
“Al día siguiente no murió nadie”. Así comienza la novela Las intermitencias de la muerte, del Nobel de literatura José Saramago. En ella, la muerte suspende sus servicios y por un tiempo todos permanecen vivos en un país imaginario. La metáfora magistral concebida por el autor portugués, ya en el tramo final de su vida, es la base para discutir los dilemas y conflictos del final de la vida.
El mundo se ha vuelto bastante inverosímil, pero la ficción de Saramago sigue siendo solo eso: ficción. Invariablemente, por lo tanto, todavía debemos reflexionar sobre la muerte y sus implicaciones. Para quienes se interesan en las políticas públicas y la vida urbana, como en este espacio, la conversación es inexorable. Surge de la propia idea del arraigo del ser humano (y de lo que quedará de nosotros) en un lugar determinado, eternizada y establecida en los sitios de sepultura. Fundamos comunidades para estar cerca de nuestros antepasados —y, por ende, de nosotros mismos—.




