
La arquitectura es una profesión que depende profundamente de lo visual. Se imagina, se vende, se critica y se consume casi en su totalidad a partir de la solidez (o la falta de ella) de los dibujos. Escudriñamos imágenes presentadas en ángulos que nunca podremos ver, admirando las cualidades arquitectónicas de elementos que jamás experimentaremos en la realidad.
Sin embargo, cuando se trata de la experiencia de la arquitectura —que, no lo olvidemos, es de lo que realmente se trata—, lo visual juega solo un papel menor. Lo que permanece en nuestra memoria es cómo un edificio facilita su función y afecta nuestra calidad de vida. ¿Es fácil de recorrer? ¿El suelo queda siempre resbaladizo después de llover? ¿Llega la luz hasta la zona más profunda de las oficinas? ¿Son los materiales los responsables de ese dolor de cabeza que simplemente no desaparece?
La arquitectura va mucho más allá de lo visual. Sin embargo, quizás lo visual también pueda elevarse para estar a la altura de la arquitectura. Las historias de esta semana abordaron temas de branding, dibujo y percepción sensorial.
