
La idea de dedicarse a la arquitectura y ejercer la profesión puede parecer contraria a las nociones de un buen equilibrio entre la vida laboral y la personal. Entre jornadas prolongadas, entregas apremiantes y la necesidad de tomar decisiones fundamentadas con rapidez —a lo que se suman salarios potencialmente bajos, relaciones laborales complejas y un exceso de burocracia—, la arquitectura suele concebirse como una de las profesiones más estresantes.
