
Este artículo es parte de "Thresholds", un periódico impreso de edición especial de Cobe Notes x ArchDaily.
Hay dos rasgos únicos del ser humano que nos permitieron sobrevivir en los primeros años y expandirnos por todo el planeta: la sudoración y la narración de historias. Sudar ayuda a enfriar el cuerpo al correr largas distancias. Las historias nos ayudan a colaborar en grandes grupos y a compartir conocimientos entre comunidades y generaciones. Como profesionales de la arquitectura, seguimos confiando en estas mismas herramientas para hacer realidad nuestras visiones.
Como señala el profesor de narrativa Angus Fletcher en su libro Primal Intelligence, existe una idea errónea muy común sobre el papel de las historias: cuando nuestro cerebro "racional" desarrolla una idea que no logramos explicar a un grupo más amplio, la empaquetamos en una historia y, de repente, todo el mundo la entiende. Fletcher sostiene que en realidad funciona al revés: las ideas surgen de las historias, nuestro cerebro piensa en forma de historias y las historias moldean la realidad. En el ámbito de la arquitectura, existe un término despectivo para referirse a este proceso cuando se invierte de manera incorrecta: "postracionalización", como ocurre, por ejemplo, cuando se crean diagramas para justificar un diseño que ya ha sido decidido de antemano.






















