
Este artículo fue publicado originalmente en Common Edge.
A principios de la década de 1980, cuando vi por primera vez el documental The Social Life of Small Urban Spaces y luego leí el libro, ambos de William H. Whyte, me cautivó por completo. Conocí a Holly, como se le llamaba afectuosamente, cuando aún trabajaba como periodista en el New York Post en los años setenta, y mantuvimos grandes debates sobre la ciudad de Nueva York, los desaciertos de la planificación y aquello que las empresas desarrolladoras solían ignorar. Ya en la década de 1980, me encontraba trabajando en mi primer libro, The Living City: Thinking Small in a Big Way, y conversaba con Jane Jacobs, quien se convertiría en una gran amiga y mentora. Jacobs había validado los pequeños esfuerzos comunitarios de abajo hacia arriba en la ciudad de Nueva York que yo venía observando, los cuales se convertirían en los detonantes —a menudo poco reconocidos— que impulsarían el lento pero constante renacimiento de la ciudad. Mis observaciones fueron rotundamente desestimadas —e incluso ridiculizadas— por profesionales de la planificación y el diseño urbano, pero fueron celebradas y respaldadas tanto por Whyte como por Jacobs, y hoy en día forman parte de la corriente principal.






