
Podemos decir que la forma urbana es el “rostro” que tiene cada ciudad. La organización de los espacios públicos y construidos es lo que determina la forma urbana de una ciudad. Así, una ciudad puede ser dispersa –con bajas densidades poblacionales, donde predomina el uso del transporte individual, lo que genera la necesidad de realizar largos desplazamientos– o compacta, con densidades equilibradas y diferentes centralidades. Para alcanzar el segundo modelo, es fundamental una buena gestión del uso y ocupación del suelo, articulada con la planificación de los sistemas de transporte colectivo.






