En 1956, comenzaron los preparativos para la Exposición Universal de Bruselas de 1958. Al tratarse de la primera exposición mundial celebrada desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, el concepto rector de la Expo era celebrar el rejuvenecimiento de la civilización frente a la destrucción de la guerra mediante el uso de la tecnología. Esta feria mundial es especialmente conocida por los avances musicales que se conjugaron con la arquitectura, creando una experiencia unificada en la que el cuerpo se encuentra con el sonido y el espacio.
“Puedo oír mejor con mi rodilla que con mis pantorrillas”. Esta declaración de Bernhard Leitner, que en un principio parece absurda, se explica a la luz de un interés que sigue persiguiendo hoy en día con una pasión y una meticulosidad intactas: el estudio de la relación entre el sonido, el espacio y el cuerpo. Desde finales de la década de 1960, Bernhard Leitner ha trabajado en el límite entre la arquitectura, la escultura y la música, concibiendo los sonidos como material constructivo, como elementos arquitectónicos que permiten la emergencia de un espacio. Los sonidos se desplazan a diversas velocidades a través del espacio, suben y bajan, resuenan de un lado a otro y tienden puentes entre cuerpos espaciales dinámicos y en constante cambio dentro de los límites estáticos del marco arquitectónico. De este modo, surgen espacios singulares que no se pueden fijar visualmente y que son imposibles de examinar desde el exterior: espacios audibles que se pueden sentir con todo el cuerpo. Leitner habla de una audición “corpórea”, en la que la percepción acústica no solo se realiza a través de los oídos, sino a través de todo el cuerpo, donde cada parte del cuerpo puede oír de manera diferente.