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En las clases de matemáticas de la escuela secundaria aprendemos que la velocidad promedio se puede calcular a partir de la relación entre la distancia recorrida y el tiempo transcurrido. Durante muchas décadas, el pensamiento que impulsó las políticas de transporte estuvo anclado en esta ecuación: se creía que el objetivo de las acciones era aumentar la eficiencia de los sistemas y que, para ello, bastaba con disminuir los tiempos de viaje mediante el aumento de la velocidad promedio. De esta manera, la variable distancia se consideraba menos importante, ya que la construcción de sistemas de transporte libres de interferencias —como líneas de metro, corredores de BRT o vías expresas— sería capaz de mantener o reducir el tiempo de viaje en trayectos cada vez más largos.
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