
No es una novedad que la labor reflexiva, intelectual y teórica ha acompañado a los autores predilectos de las obras clásicas de la arquitectura y otras disciplinas afines: desde tratados, manuales, libros y demás publicaciones impresas o digitales que han transformado sus contenidos en función del contexto histórico, político, social y tecnológico (por mencionar algunos).
Así mismo, la interminable polémica y tensión que genera el debate teoría-praxis que por momentos ha sido una afrenta tácita, en ocasiones se diluye en sutiles cuestionamientos hacia todo aquello que no puede ser materializado dentro de la disciplina de la arquitectura; todos aquellos metros cuadrados que no son cuantificables, las ideas que no se insertan en la visión tradicional del artesano que planifica y ejecuta sigue impregnando el campo académico y profesional. Por otra parte, la crítica arquitectónica así como los diferentes campos del conocimiento enfocados en la investigación, constituyen un nicho de hallazgos aún “poco explorado”. Quienes se han aventurado a dar un giro profesional con lecturas más disruptivas y frescas en torno a la percepción del espacio, pueden dar cuenta de otras posibilidades de concebir la arquitectura.
Si bien es cierto que hemos conversado sobre las formas de representación a través de nuestros sentidos, el papel que tiene nuestro raciocinio como algo intangible brinda un punto de reflexión que nos obliga a mirar con ojos curiosos y preguntarnos:
