
Hace ya 50 años, Aldo Rossi propuso la necesidad de pensar una Arquitectura para los museos,1 aceptando para sí la célebre frase que Paul Cézanne ofrecía desde el ámbito del arte: “Yo pinto solo para los museos.” Para el arquitecto italiano, en esta frase, Cézanne se refiere de una manera muy clara, a una pintura que sigue un desarrollo lógico riguroso y que se sitúa dentro de la lógica de la pintura que precisamente se verifica en los museos.
En el contexto del racionalismo italiano de la época, es en el museo donde la lógica y el rigor del proyecto se comprueban. Es ahí, según Rossi, donde reside la arquitectura en su forma más elevada y autónoma. En su definición, el edificio construido no es sino la posterior transformación y adaptación, por parte de técnicos, de estas piezas de museo “a las múltiples funciones y exigencias en las que deben ser aplicadas”. 2
