
Antes de consolidarse como un lenguaje reconocido, la arquitectura moderna se configuró a través de desplazamientos progresivos de ideas, experimentaciones y revisiones críticas que atravesaron diferentes contextos culturales y geográficos. Más que un proceso lineal de difusión, se trata de un campo en transformación, en el cual las referencias son apropiadas, reinterpretadas y modificadas según las condiciones específicas de cada contexto.
En Brasil, la historiografía de la arquitectura moderna ha destacado frecuentemente la centralidad de determinados núcleos de producción, a partir de los cuales se estructurarían las principales interpretaciones del movimiento. Sin embargo, como indican las lecturas críticas de la historiografía latinoamericana, especialmente en las reflexiones de Marina Waisman, esta narrativa tiende a reproducir una lectura en la que la arquitectura moderna se origina en centros europeos y se difunde hacia otros contextos como un modelo a ser asimilado. Al problematizar esta perspectiva, Waisman propone desplazar la mirada hacia lo que denomina el interior de la historia, comprendiendo la producción latinoamericana no como una recepción pasiva, sino como un proceso activo de interpretación, en el cual las referencias externas son absorbidas, transformadas y resignificadas a partir de condiciones culturales, técnicas e históricas propias.
