
El mundo se enfrenta a una enorme crisis de aprendizaje. Los sistemas educativos se han vuelto tan genéricos y sistémicos que no ofrecen una atención personalizada, innovadora y optimizada a sus alumnos/as. Si bien los países han aumentado significativamente el acceso a la educación, asistir a la escuela no es lo mismo que aprender. En todo el mundo, cientos de millones de niños y niñas llegan a la edad adulta joven sin siquiera las habilidades más básicas, como calcular el cambio correcto en una transacción, leer las instrucciones de un médico o entender el horario de un autobús; mucho menos desarrollar una carrera satisfactoria o educar a sus hijos/as.
La educación es fundamental para construir capital humano. Cuando se imparte correctamente, la educación —junto con el capital humano que genera— beneficia a las personas y a las sociedades. Sin embargo, la pedagogía enfrenta una verdadera prueba en los tiempos actuales, ya que su discurso se ha mantenido estancado y rígido. Una de las razones principales por las que persiste la crisis de aprendizaje es que muchos sistemas educativos en el mundo en desarrollo carecen de información sobre quién está aprendiendo y quién no.
Se supone que las escuelas deben ser verdaderos "incubadores de innovación" que formen a los niños y niñas del futuro. Las escuelas deberían inspirar asombro, creatividad e innovación a través de la enseñanza y el aprendizaje. Deberían ofrecer entornos acogedores que infundan confianza para perseguir nuestros sueños e intereses. Desde la revolución industrial, el entorno escolar ha hecho muy poco por renovar sus espacios lúgubres, aislados y sin vida.
