
En PLAT 9.0: Commit, Walter Benn Michaels planteó la siguiente pregunta: más allá de sus efectos espaciales, ¿tiene la arquitectura la capacidad de transmitir un pensamiento?
En una sociedad capitalista donde incluso dichos efectos espaciales están mercantilizados, ofrecer experiencias de usuario deseables a posibles consumidores amenaza con eclipsar cualquier otra aspiración. Si la intención detrás de una obra de arquitectura es únicamente provocar el interés de un consumidor, resulta imposible interpretarla como algo distinto a una mercancía. Posicionar la experiencia del usuario como la única preocupación de la arquitectura conlleva el riesgo de renunciar a su capacidad de portar un significado independiente. PLAT 10.0 busca especulaciones sobre la importancia de una audiencia paralela distinta a la del usuario: la del observador. Lo primero implica experimentar un objeto arquitectónico. Lo segundo conlleva interpretar las intenciones intrínsecas de dicho objeto. Usar la arquitectura significa interactuar únicamente con la existencia física de una obra; contemplarla implica considerar una obra construida como transmisora de ideas. Si un proyecto reconoce y aborda esta distinción, puede comenzar a resistirse a su mercantilización. Esta aspiración puede parecer ingenuamente heroica, pero ¿acaso tiene la arquitectura otra opción? ¿Cómo puede mantener su estatus como agente activo en la sociedad mientras es subsumida por el mercado?
