8,8 en la escala de Richter es algo brutal. Dado que es una escala logarítmica, el sismo fue 500 veces más fuerte que el de Haití. La tierra se licuó; fue posible ver a ojo desnudo las ondas sísmicas propagándose por la tierra como si se tratara de ondulaciones en un líquido. En contraposición, el mar se volvió sólido, literalmente; las olas, además de agua, traían árboles, casas, autos, contenedores, barcos y cuerpos. El deslizamiento violento de las placas geológicas produjo un volumen de agua que se movía a 750 km/h. A medida que se acercó al continente y disminuyó la profundidad del fondo marino, el volumen se movió más lento, pero también se hizo más alto; en algunas partes de la zona central de Chile se encontraron lobos marinos 40 metros arriba de los árboles. El maremoto borró ciudades completas.

8,8 en la escala de Richter produce una destrucción brutal. Chile quedó sin agua ni luz. De un total de un millón de viviendas existentes en la zona afectada por el sismo, unas 100.000 fueron destruidas y otras tantas deberán ser demolidas. Un total de 300.000 viviendas sufrieron daños importantes; 17 hospitales quedaron inutilizables, los puertos cerrados, los aeropuertos fuera de operación. Un 40 por ciento de los colegios no pudo empezar el año escolar a tiempo (marzo) porque los edificios estaban dañados. Muchas cárceles colapsaron y los presos escaparon (salvo en Constitución, donde el alcaide, por razones humanitarias frente al peligro de derrumbe, dejó salir a la población penal con la condición de volver al día siguiente: el 90% de los reclusos volvió). El nivel de destrucción generó tal sensación de caos, inseguridad y posible desabastecimiento, que el lado más oscuro de Chile salió a flote: una ola de saqueos y violencia azotó las ciudades. Se ordenó el estado de sitio, los militares salieron a las calles y durante la noche se impuso el toque de queda. El coste de los daños se ha estimado en unos 30.000 millones de dólares.
