
La arquitectura tiene una fuerte componente de pasión.
A veces la arquitectura puede volverse un proceso complejo, lento, casi doloroso… pero la pasión del arquitecto lo hará llegar hasta el final, para llevar a la realidad lo que busca. Esta pasión se vuelve en un espíritu emprendedor, en colaboración, en un deseo de usar nuestro conocimiento para influir de manera positiva en la sociedad y de mejorar nuestro entorno construído. Para mi, uno de los mejores ejemplos del arquitecto apasionado es el maestro Oscar Niemeyer.
