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Arquitectos: Clusellas Ades, Machado-Silvetti
- Área: 600 m²
- Año: 2022


A medida que el co-living se asocia cada vez más con estudiantes, profesionales jóvenes y otras personas residentes con un estilo de vida móvil, surge una pregunta arquitectónica más amplia: si el hogar ya no está vinculado a la residencia a largo plazo, ¿qué debería esperar la arquitectura que provea la vivienda privada?
La gente se muda por estudios, por un trabajo temporal o por una trayectoria profesional que la lleva constantemente a nuevos destinos. Hoy en día, muchas personas contemplan pasar un período definido en un lugar antes de marcharse. La vivienda construida para ellas debe ir más allá de ofrecer refugio: tiene que dar soporte a las rutinas mediante las cuales alguien se adapta a un entorno desconocido en el breve tiempo que sabe que pasará allí. Un año en una ciudad le exige a un departamento algo muy diferente a lo que le exigiría una vida entera, aunque en los planos los metros cuadrados parezcan los mismos.



Durante la mayor parte del siglo XX, la arquitectura aprendió a interpretar las ciudades a través de las carreteras. Las jerarquías viales definen los planes urbanos, las intersecciones organizan el movimiento y los edificios se comprenden por las fachadas que presentan hacia las aceras. Las carreteras parecen tan fundamentales para la vida urbana que a menudo se confunden con una condición universal. Sin embargo, en gran parte del Sudeste Asiático, las ciudades se desarrollaron según una lógica espacial completamente distinta. Mucho antes de que los automóviles reordenaran los paisajes urbanos, los ríos funcionaban como calles, mercados, espacios cívicos e infraestructura pública. El desplazamiento se realizaba principalmente en bote, el comercio se desarrollaba a lo largo de las riberas y la arquitectura miraba hacia el agua en lugar de hacia el asfalto. Interpretar estas ciudades a través de sus vías fluviales transforma la manera de entender la arquitectura misma. En este caso, la infraestructura no es la carretera, sino el río.

Existe una gran diferencia entre mirar la imagen de un edificio y experimentar el espacio que representa. La atmósfera de un lugar, moldeada por su luz, sonidos, materialidad y relación con el paisaje circundante, ha pertenecido durante mucho tiempo al ámbito de la experiencia física. Hoy en día, las tecnologías de renderizado en tiempo real están comenzando a reducir esa brecha, permitiendo explorar y experimentar los proyectos antes de que sean construidos.
Mucho antes de que un edificio se construya, este existe como dibujos, maquetas físicas, perspectivas, fotografías y, más recientemente, renders fotorrealistas. Cada nueva herramienta de representación en la historia ha buscado comunicar no solo la apariencia de un proyecto, sino también la experiencia de habitarlo.
Al albergar Barcelona el Congreso Mundial de Arquitectos de la UIA por segunda vez en su historia —treinta años después de la edición de 1996—, la ciudad se convierte en un espacio para reflexionar no solo sobre la arquitectura, sino también sobre las cambiantes condiciones en las que opera. Bajo el título Becoming. Architectures for a Planet in Transition, y desarrollado por el equipo de curaduría de seis integrantes —conformado por Pau Bajet, Maria Giramé, Mariona Benedito, Tomeu Ramis, Pau Sarquella y Carmen Torres—, el Congreso de 2026 expande la discusión más allá de la ciudad hacia interrogantes planetarias, abordando la arquitectura a través de sistemas ecológicos, sociales, políticos y materiales, en lugar de como una disciplina aislada. Durante la jornada inaugural del Congreso, ArchDaily conversó con Mariona Benedito y Carmen Torres, integrantes del equipo de curaduría, sobre cómo esta edición revisita el legado arquitectónico de Barcelona, por qué la incertidumbre se ha vuelto un tema central en el pensamiento arquitectónico y qué esperan que quienes asistan se lleven del evento.


En junio de 2026, el renovado Teatro Mauri reabrió sus puertas en el cerro Bellavista, en Valparaíso, históricamente el principal puerto de Chile. El edificio forma parte del legado modernista de América Latina y se ubica junto a La Sebastiana, una de las célebres residencias del poeta Pablo Neruda. Fue diseñado por el arquitecto Alfredo Vargas Stoller, autor de otros íconos de la arquitectura moderna en Valparaíso, como el Edificio Cooperativa Vitalicia y el Conjunto de Viviendas Vargas en Viña del Mar. El Teatro Mauri se inauguró en 1951 como sala de espectáculos y cine. Tras un incendio a principios de la década de 1990, cayó en desuso y sirvió solo de manera esporádica como espacio para fiestas y eventos locales. En 2015, fue adquirido por la Sociedad Chilena de Autores e Intérpretes (SCD), organización que encargó su restauración a la arquitecta Laura Garrido y al arquitecto Gregorio Garretón.

Se equivoca quien espere encontrar en las siguientes líneas un discurso sobre materialidade, técnicas constructivas sostenibles, formas de tallar la madera o métodos para trenzar la paja. Este artículo se propone justamente desplazar la mirada más allá de los aspectos que, con frecuencia, definen el debate sobre la cultura de los pueblos originarios cuando se trata de "arquitectura".
En un universo donde el propio término "arquitectura" resulta ajeno, abordar sus construcciones —si es que esta palabra alcanza a nombrarlas— desde un enfoque exclusivamente material o tecnológico no deja de ser un intento de encuadrar sus formas de producir espacio en categorías occidentales. De este modo, se reduce una cosmología compleja a un conjunto de atributos medibles, como si fuera posible transformarla en una lista de verificación aplicable a cualquier arquitectura, borrando precisamente aquello que la distingue: las relaciones entre territorio, cuerpo y memoria.


