Vivos xPoint, EE. UU. Imagen de VigilanteScout, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons
Invirtiendo la narrativa convencional, esta historia comienza por el final. El día después del colapso del mundo. Mientras casi toda la población lucha por sobrevivir a las llamas y a las tormentas solares, una fracción de la sociedad es recibida por personal de seguridad fuertemente armado a la entrada del Survival Condo Project, un antiguo silo de misiles en Kansas convertido hace unos años en departamentos de lujo.
Atrás quedó la imagen de la persona ermitaña que acumula comida enlatada en su sótano o del profeta del fin de los tiempos. En los últimos años, el supervivencialismo se ha expandido hacia los círculos más ricos, echando raíces en Silicon Valley entre directivos/as de tecnología y gestores/as de fondos de cobertura. Lo que alguna vez pudo considerarse una mera excentricidad se ha convertido también en una forma de pensar el futuro y, para algunos/as, en una inversión.
Al recorrer el frente marítimo de Barcelona, el litoral da la impresión de haber estado allí desde siempre: arena, palmeras, un largo paseo, restaurantes, tiendas y hoteles modernos; sin embargo, la realidad es que no siempre ha sido así. Hasta la década de 1980, la fachada marítima de Barcelona era una barrera activa de vías ferroviarias, fábricas y viviendas informales, y las aguas residuales desembocaban directamente en el Mediterráneo. A partir de 1987, Barcelona comenzó a crear de manera continua grandes paseos y corredores entre la ciudad y el mar, configurando un entorno que hoy en día muchos podrían interpretar como un espacio previamente vacío, pero que en realidad es el resultado de décadas de infraestructura y complejidad social, junto con un esfuerzo municipal por transformar el territorio de la ciudad y su relación con el agua. Analizar esta transformación plantea tres preguntas que estructuran este artículo: ¿quién fue desplazado para abrir el frente marítimo, quién lo gobierna hoy y quién lo mantiene en pie?
El sector de la edificación y la construcción representa alrededor del 39% de las emisiones globales de CO₂ y casi el 50% de la extracción mundial de materiales. Las emisiones de carbono operativo, asociadas a la energía consumida para el funcionamiento de los edificios, también aumentaron un 1% hasta alcanzar los 9,900 millones de toneladas de CO₂ en 2024, aun cuando la intensidad de uso de energía (EUI) en las edificaciones ha mejorado. Estas cifras revelan brechas persistentes en la forma en que se diseñan, construyen y rehabilitan los edificios. Un área clave para cerrar estas brechas es el aislamiento de la envolvente, un elemento que sigue siendo fundamental para controlar la demanda energética, mejorar la resiliencia térmica y reducir las emisiones de carbono.