
A mediados del siglo XX se inició un período de transformación para África, cuando 29 países lograron su independencia entre 1956 y 1964, marcando el surgimiento del Estado-nación en todo el continente. Esta época resonó con un espíritu de liberación y progreso que corrió en paralelo a los movimientos globales de ese momento, como el establecimiento de organizaciones internacionales de la talla de las Naciones Unidas (1945) y la Organización de la Unidad Africana (1963). En este contexto, la arquitectura modernista emergió como un poderoso símbolo de identidad nacional, ambición y la aspiración colectiva hacia un futuro mejor. A medida que las naciones recién independizadas buscaban definirse más allá de sus pasados coloniales, la adopción de los principios del Movimiento Moderno facilitó la construcción de infraestructuras clave —tales como centros de convenciones, edificios parlamentarios y hoteles—, así como el desarrollo de la enseñanza de la arquitectura, al tiempo que los y las arquitectas de formación local comenzaron a reemplazar a profesionales extranjeros o a cooperar con ellos.
Este artículo inaugura una nueva serie titulada Redescubriendo el modernismo en África, cuyo objetivo es explorar el legado arquitectónico del Movimiento Moderno en el continente, destacando su papel en la construcción de las naciones y en la evolución de la enseñanza de la arquitectura, al tiempo que arroja luz sobre las figuras de la arquitectura y los movimientos que dieron forma a esta era de transformación.












