
No puedo dejar de pensar en los refugia. En los años, meses y días previos a la pandemia de COVID-19, el término se limitaba a la literatura y la filosofía de la crisis climática, y se refería a reductos de vida que, gracias al aislamiento geográfico o a la resiliencia de las especies, logran subsistir a pesar de las fuerzas ambientales en su contra. Pensemos en las colonias de percebes del noroeste del Pacífico asentadas en lo alto de los afloramientos costeros para evitar ser presa de los caracoles marinos. O en los bosques primarios protegidos del aumento de las temperaturas en valles montañosos frescos.
A medida que la autocuarentena se impuso a principios de esta primavera, la palabra *refugia*, al menos para mí, amplió su definición de una condición ecológica específica a un punto de referencia conceptual: un salto necesario a la metáfora frente a una crisis planetaria. La magnitud de esta pandemia escapa a la comprensión humana, pero para las personas más afortunadas, el refugio es manejable: un lugar de relativa seguridad, de masa madre y clases de Jazzercise en línea.





