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Arquitectos: Diana Radomysler, Eduardo Glycerio, studio mk27 - marcio kogan
- Área: 900 m²
- Año: 2012
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Proveedores: Unibox
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Este artículo es parte de nuestra nueva sección de Opinión, un formato para ensayos basados en argumentos sobre las cuestiones críticas que dan forma a nuestra disciplina.
El agroturismo se entiende comúnmente como un modelo híbrido, con partes iguales de superposición entre las industrias de la agricultura y la hotelería. Bajo esta perspectiva, se valora como una variación de un tema existente, una actividad complementaria superpuesta a la producción rural. Este marco de interpretación ya no se sostiene en el siglo XXI, ya que la escala e independencia del crecimiento del agroturismo lo han transformado en un sector económico diferenciado; uno con consecuencias arquitectónicas que ni la industria agrícola ni la hotelera están preparadas para abordar de manera aislada.





A lo largo de las últimas dos semanas, la comunidad de ArchDaily Brasil nominó más de 14 mil proyectos, lo que dio como resultado 15 finalistas que representan algunas de las obras arquitectónicas más emblemáticas publicadas en el último año. En su 10.ª edición, el Premio Obra del Año busca reconocer lo mejor de la arquitectura en los países de lengua portuguesa, a partir de la elección de los propios lectores. Los finalistas componen un retrato del estado actual de la arquitectura, ya sea en proyectos residenciales, urbanos, culturales u otros programas.
Representando a Brasil y Portugal, los 15 proyectos reflejan las necesidades de sus contextos específicos a través de soluciones creativas propuestas por los/las arquitectos/as locales. Desde reformas de interiores hasta intervenciones urbanas de gran escala, pasando por residencias unifamiliares y proyectos comunitarios, la selección es heterogénea, pero está unida por un rasgo común: el reconocimiento del público, que busca ver representadas sus propias aspiraciones.

La arquitectura se ha sentido atraída desde hace mucho tiempo por la idea de la ligereza. Desde los primeros experimentos modernistas que buscaban preservar el paisaje, elevar los edificios se ha entendido como una forma de proteger el suelo a la vez que se mantiene la continuidad del terreno. Los volúmenes se elevan sobre columnas, las infraestructuras separan la circulación de la superficie y programas enteros quedan suspendidos sobre el nivel del suelo.
Esta premisa se formalizó a principios del siglo XX a través del concepto de los pilotis de Le Corbusier, que proponía liberar la planta baja de los cerramientos. Al elevar los edificios sobre columnas, los/las arquitectos/as buscaban mantener la continuidad con el terreno, permitiendo que la circulación, la vegetación y el uso colectivo se desarrollaran bajo los volúmenes construidos. El edificio ocuparía el aire, mientras que el suelo permanecería abierto, accesible y compartido.

La arquitectura comienza como un encuentro con la gravedad. Es el ancestral acto de colocar peso sobre la tierra, de persuadir a la materia para que se sostenga, permanezca de pie y ofrezca cobijo. Sin embargo, bajo esta condición de pesadez fundamental subyace una posibilidad más silenciosa: la densidad misma puede generar una sensación de ligereza, una condición perceptiva en la que el cuerpo, plenamente convencido del peso de la materia, comienza a experimentar el espacio como una suspensión.
Gran parte de la arquitectura contemporánea ha buscado la ligereza por medio de la reducción: estructuras más delgadas, superficies más tersas y transiciones cada vez más fluidas entre el interior y el exterior. En este enfoque, la ligereza se equipara con la desaparición, como si la gravedad pudiera superarse al retirar la presencia material. No obstante, existe otra dimensión en la que la ligereza no resulta de la ausencia, sino de la intensificación. Esta surge cuando la presencia material se vuelve tan precisa, tan plenamente afirmada, que empieza a alterar la percepción misma: cuando la masa sigue siendo pesada, pero deja de comportarse como algo meramente inerte.

Tras dos semanas y más de 85.000 nominaciones, ya se conocen los finalistas de los Premios Building of the Year de este año. La selección refleja fielmente a la audiencia de ArchDaily que la eligió: diversa en su geografía, generosa en ideas y precisa en sus intenciones. Con proyectos de 46 países, abarcando una gran variedad de tipologías y escalas, el conjunto ofrece una excelente instantánea del momento arquitectónico actual.
Te invitamos a tomarte un momento, explorar y votar por tus favoritos definitivos. A continuación, encontrarás a los 75 finalistas en sus respectivas categorías. La votación estará abierta hasta el 18 de febrero a las 18:00 EST. Muchas gracias; tu participación es fundamental para hacer de este el premio de arquitectura impulsado por la comunidad más grande del mundo.


La carrera de arquitectura puede ofrecer un plan de estudios muy amplio; sin embargo, muchas de las habilidades necesarias para desarrollar un proyecto se encuentran fuera de la disciplina. Esto resulta especialmente evidente en los proyectos de escala urbana, que exigen experiencia en áreas como estudios de tránsito, cálculo estructural, paisajismo y planificación de instalaciones técnicas. A menudo se las considera disciplinas "complementarias", cuando en realidad son fundamentales para el diseño integral.
En un país como Portugal, con un territorio relativamente pequeño pero geográficamente diverso, el desafío de conectar distintas zonas —ya sea para cruzar un río o vincular los diferentes niveles de una ciudad— es una constante. Sus áreas metropolitanas más grandes, como Lisboa y Oporto, comparten una accidentada geografía de valles escarpados y colinas. Estas características propiciaron el desarrollo de elevadores y funiculares, como el Elevador de Santa Justa y el Funicular de Bica en Lisboa, o el Funicular de Guindais en Oporto. En la actualidad, además de mejorar la movilidad urbana, se han convertido en hitos turísticos.

El espacio arquitectónico ha estado delimitado durante mucho tiempo por la permanencia: espacios para funciones fijas, fachadas que definen con claridad dónde termina el exterior y comienza el interior. No obstante, la vida contemporánea se define por la superposición y la transición: entre el trabajo y el hogar, el interior y el exterior, la privacidad y la comunidad. Las necesidades espaciales evolucionan continuamente, lo que exige una arquitectura capaz de responder, adaptarse y mantener su relevancia a lo largo del tiempo.
En este contexto, la adaptabilidad ha surgido no solo como una ambición de diseño, sino como una necesidad sostenible. Los edificios que se ajustan a usos cambiantes, climas en evolución o nuevas formas de habitar extienden su vida útil y reducen la necesidad de demoliciones o adecuaciones a gran escala. La flexibilidad se convierte en una medida de resiliencia, lo que permite que las estructuras mantengan su vitalidad a lo largo de las décadas. ¿De qué manera puede, entonces, la arquitectura responder a las formas cambiantes en que habitamos y experimentamos el espacio?

Los niños y las niñas perciben el espacio de manera diferente a las personas adultas. Para ellos y ellas, el mundo aún no se ha racionalizado en función y circulación, sino que se experimenta a través de la emoción y la curiosidad. Mientras que las personas adultas suelen recorrer las habitaciones por hábito, la infancia las habita desde la inmediatez. Un haz de luz solar se convierte en un acontecimiento. La curva de un pasillo invita a deambular. El sonido de los pasos sobre la madera o la suavidad de una tela bajo la yema de los dedos no son un fondo, sino información. Aquello que las personas adultas pueden descartar como momentos periféricos media silenciosamente su sentido de seguridad, autonomía, pertenencia y posibilidad. La arquitectura es una oportunidad para que la pedagogía se materialice físicamente.

La producción de vino ha estado ligada desde hace mucho tiempo al territorio, el clima y la cultura. En las últimas décadas, además, la arquitectura se ha convertido en un componente central de esta relación. Las bodegas ya no se entienden únicamente como instalaciones funcionales para la fermentación, el almacenamiento y la distribución, sino también como espacios donde confluyen el paisaje, la materialidad y la experiencia de los/las visitantes. Desde cavas subterráneas ocultas bajo los campos hasta hitos escultóricos que se alzan en entornos rurales, estos edificios moldean la identidad de las regiones vitivinícolas, al tiempo que ofrecen a los/las visitantes un encuentro minuciosamente coreografiado con el proceso de producción.
En la intersección de la agricultura, el turismo y la cultura, las bodegas ofrecen a los/las arquitectos/as oportunidades únicas para fusionar las exigencias técnicas con una narrativa espacial. Estos proyectos deben responder a las condiciones ambientales, controlar la temperatura y la humedad con precisión e integrarse con ecosistemas delicados, ofreciendo asimismo espacios para la degustación, el encuentro y la celebración. Como consecuencia, esta tipología ha dado origen a una amplia diversidad de soluciones arquitectónicas: mientras algunas se arraigan en la tradición y el oficio local, otras exploran tecnologías avanzadas y formas contemporáneas.

El concreto suele considerarse el material de la modernidad, definido por su resistencia estructural, su acabado aparente y su inconfundible tono gris. Se convirtió en la paleta predeterminada de la arquitectura del siglo XX, un símbolo de funcionalidad y permanencia. Sin embargo, el concreto no está condicionado a esta identidad cromática. Su color es el resultado directo del cemento, los agregados y la composición química de su mezcla, y puede alterarse de manera intencionada mediante la pigmentación. Entre las múltiples tonalidades exploradas, el rojo destaca, no solo por su intensidad visual, sino también por su capacidad para arraigar las obras a su entorno, evocar referencias culturales e infundir en la arquitectura una presencia material que resulta a la vez elemental y expresiva.
Pigmentar el concreto implica añadir colorantes de base mineral —generalmente óxidos de hierro— durante el proceso de mezclado. A diferencia de las pinturas o recubrimientos superficiales, estos pigmentos se integran directamente en la masa del concreto, lo que garantiza que el color penetre en el material y permanezca estable a lo largo del tiempo. Los pigmentos rojos, en particular, suelen derivarse del óxido de hierro (Fe₂O₃), un compuesto de origen natural que se encuentra en la arcilla, la hematita y otros minerales ricos en hierro. Su tono profundo y terroso vincula la construcción contemporánea con técnicas milenarias, desde los morteros de puzolana romanos hasta las edificaciones de tierra roja de África Occidental y Sudamérica.