
Las adolescentes no son ni niñas ni adultas, lo que significa que tienen necesidades y comportamientos específicos que difieren de ambos grupos. Lamentablemente, al igual que sucede con muchos grupos marginados, estas necesidades y comportamientos no han sido atendidos ni propiciados en nuestro entorno construido de la misma manera que en otros casos. Por ejemplo, las áreas de juego infantil están diseñadas para que los niños y niñas liberen energía, mientras que las canchas deportivas que fomentan la competencia suelen estar dirigidas a hombres y adolescentes varones.
En consecuencia, no considerar las necesidades de las adolescentes al diseñar el espacio público permite que otros grupos de personas —predominantemente hombres, quienes ya ocupan el 80% de los espacios públicos— continúen dominándolos. Esto hace que las adolescentes se sientan diez veces menos seguras en el espacio público. Esta ausencia no solo afecta su desarrollo social, físico y mental, sino que también complejiza la percepción que tienen sobre su propio sentido de pertenencia en los espacios públicos.