Mario Carpo

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La pandemia lo cambió todo, o eso creíamos

El siguiente texto fue redactado en respuesta a la propuesta inicial de la serie "Post-Pandemic Potentials" de The Architect's Newspaper.

Hace apenas unas semanas, mientras me aislaba en Londres durante el periodo más sombrío y oscuro de la pandemia, me encontraba entre los muchos que veían la catástrofe en curso como el colapso final de la era mecánica —o más precisamente, de ese periodo en la historia de la revolución industrial que hoy suele llamarse Antropoceno, caracterizado por la producción masiva estandarizada, el transporte mecánico global y la quema ilimitada de combustibles fósiles—. Todos pensábamos que el fin del Antropoceno se produciría de forma gradual debido al calentamiento global, lo que tal vez nos habría dado tiempo para mitigar o contrarrestar las consecuencias del cambio climático y el agotamiento de los recursos naturales. Sin embargo, el fin del entorno construido por máquinas llegó de repente, en cuestión de quince días, no por el cambio climático y el calentamiento global, sino a través de una mutación viral y una infección global. Con la llegada del COVID-19 y la entrada en vigor de confinamientos nacionales (hacia mediados de marzo en Europa), toda la infraestructura del mundo industrial que conocíamos se paralizó de golpe: los aviones dejaron de volar, las fábricas de producir y las escuelas, tiendas y oficinas fueron evacuadas y quedaron vacías. Aun así, la vida continuó, de algún modo, para quienes no estaban contagiados, ya que la agricultura, la producción artesanal local, la distribución de alimentos, los servicios públicos, las telecomunicaciones y, fundamentalmente, internet siguieron funcionando.

Opinión: Un alegato a favor de la historia de la arquitectura

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Cortesía del usuario de Wikimedia Quibik (Dominio público). ImagenUna elevación de toda la Acrópolis vista desde el oeste; aunque el Partenón domina la escena, no deja de ser sólo parte de una composición mayor. ImagenCortesía del usuario de Wikimedia Quibik (Dominio público)

Este artículo fue publicado originalmente en Metropolis Magazine como "Opinión: No podemos seguir enseñando la misma historia de la arquitectura de antes."

Los/las estudiantes de arquitectura de mi generación —los últimos de la generación baby boomer, que iniciamos la universidad en Europa o en América a finales de la década de 1970— teníamos muchas buenas razones para valorar la historia de la arquitectura. En ese momento, todo el mundo parecía estar de acuerdo en que el proyecto modernista estaba fracasando estrepitosamente. Los monstruos del modernismo tardío causaban estragos en ciudades y territorios de todo el mundo, y la reacción más inmediata e instintiva contra lo que muchos consideraban una catástrofe en curso fue intentar recuperar todo lo que el alto modernismo del siglo XX había expulsado de la cultura del diseño: para empezar, la historia. Dibujé mi primer capitel dórico hacia 1979 en un taller de diseño, no en una clase de historia (y mi tutor me ordenó de inmediato que lo raspara, lo cual hice).

¿Por qué los arquitectos jóvenes están tan cautivados por las tecnologías vintage de los 70's?

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Existe una generación de arquitectos jóvenes que se han obsesionado con la cultura visual que forjó los relojes Casio y Superstudio. En este ensayo Mario Carpo explora las razones.

La era de los viajes ha finalizado

Se suponía que la arquitectura modernista era, en teoría, la misma en todos los lugares; esa es una de las razones por las que el modernismo en la arquitectura también fue llamado el estilo internacional. Si todos los edificios modernistas tienen el mismo aspecto, cuando se ve uno, se habrían visto todos: no sería necesario seguir viajando. Sin embargo, a lo largo del siglo XX, la cultura y la tecnología modernistas respaldaron y favorecieron con entusiasmo los viajes. En los años 60 viajamos a la Luna, y la aviación civil hizo el mundo más pequeño. En la cultura modernista, los viajes eran buenos. Hizo que todos los viajeros se convirtieran en humanos mejores y más felices. Fue bueno aprender idiomas extranjeros e ir a lugares lejanos. Los viajes de alta modernidad no solo eran buenos; también geniales. Los jet set de los años 60 fueron los ciudadanos más geniales del mundo. Incluso más tarde en el siglo XX, la expectativa general era que los viajes sin fronteras y sin interrupciones fueran cada vez más fáciles y frecuentes. La mayoría de los europeos de mi generación crecieron aprendiendo dos o más idiomas extranjeros, y hasta hace poco no era inusual nacer en un país, estudiar en otro y encontrar el primer trabajo en un tercero. Esto fue visto como una oportunidad, no como una privación.

Olvidemos lo "Post-Digital": La innovación en la arquitectura apenas comienza

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Este artículo fue originalmente publicado en Metropolis Magazine como "The Post-Digital Will Be Even More Digital, Says Mario Carpo."

Las presentaciones o lanzamientos de libros son del pasado. Se podría argumentar que lo mismo se aplica a los libros impresos; pero a la fecha habemos muchos que todavía leemos y escribimos libros, sin embargo, no encuentro muchas razones para seguir presentándolos en librerías de ladrillo y concreto o lugares similares. Mis amigos de la industria editorial me dicen que un solo tweet o hashtag exitoso en Instagram, puede vender más copias que el lanzamiento de un libro y seguramente a un costo menor. Además, uno de los aspectos más desconcertantes de los lanzamientos de libros es que, tradicionalmente, –y recuerdo que ya era el caso cuando era estudiante– una fracción significativa del público presente tiende a ser visceral y vocalmente hostil al tema del libro que se presenta. ¿Por qué los lectores que no les gusta un libro como una simple cuestión de principios se toman el tiempo para leerlo en su totalidad y luego desahogar su ira contra su autor? No lo sé; pero esto es para decir que después de haber publicado un libro el otoño pasado titulado The Second Digital Turn: Design Beyond Intelligence, tuve muchas oportunidades, en el transcurso de los últimos meses, de recoger un vasto repertorio de lugares comunes tecnófobos. Principalmente se destacó entre ellos, debido a su extravagancia, la objeción de que la innovación digital ya habría seguido su curso: habiéndose adaptado y adoptado a algunas nuevas herramientas y tecnologías con las que los arquitectos habían avanzado, libres por fin para obtener volviendo a las cosas que realmente les importan (cualquiera que sean).