
El siguiente texto fue redactado en respuesta a la propuesta inicial de la serie "Post-Pandemic Potentials" de The Architect's Newspaper.
Hace apenas unas semanas, mientras me aislaba en Londres durante el periodo más sombrío y oscuro de la pandemia, me encontraba entre los muchos que veían la catástrofe en curso como el colapso final de la era mecánica —o más precisamente, de ese periodo en la historia de la revolución industrial que hoy suele llamarse Antropoceno, caracterizado por la producción masiva estandarizada, el transporte mecánico global y la quema ilimitada de combustibles fósiles—. Todos pensábamos que el fin del Antropoceno se produciría de forma gradual debido al calentamiento global, lo que tal vez nos habría dado tiempo para mitigar o contrarrestar las consecuencias del cambio climático y el agotamiento de los recursos naturales. Sin embargo, el fin del entorno construido por máquinas llegó de repente, en cuestión de quince días, no por el cambio climático y el calentamiento global, sino a través de una mutación viral y una infección global. Con la llegada del COVID-19 y la entrada en vigor de confinamientos nacionales (hacia mediados de marzo en Europa), toda la infraestructura del mundo industrial que conocíamos se paralizó de golpe: los aviones dejaron de volar, las fábricas de producir y las escuelas, tiendas y oficinas fueron evacuadas y quedaron vacías. Aun así, la vida continuó, de algún modo, para quienes no estaban contagiados, ya que la agricultura, la producción artesanal local, la distribución de alimentos, los servicios públicos, las telecomunicaciones y, fundamentalmente, internet siguieron funcionando.





