Graham McKay

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El plan de desintoxicación de la belleza arquitectónica en nueve pasos

Este artículo fue publicado originalmente en Common Edge.

En 1755, Francesco Algarotti, hastiado de aquello en lo que se había convertido la ópera, escribió An Essay On The Opera [Un ensayo sobre la ópera], en el que abogaba por su simplificación. Para Algarotti, la ópera había degenerado en un vehículo para el lucimiento de solistas, cuyas interminables improvisaciones eclipsaban la música e ignoraban el drama. Incluso el drama había perdido el rumbo, poblado de personajes mitológicos en situaciones extraordinarias y complejas. Algarotti consideraba que el drama era la esencia misma de la ópera y quería que se le devolviera el protagonismo, dejando todo lo demás en un plano secundario. Christoph Willibald Gluck y su libretista, Ranieri de’ Calzabigi, fueron los primeros en hacerlo funcionar con su ópera de 1762 Orfeo ed Euridice. Tenía personajes y un drama con los que el público podía identificarse, una música memorable, y una letra y un argumento fáciles de comprender. Hoy en día se la considera la primera ópera verdaderamente moderna.