

¡Aló, aló, W/Brasil!… ¡Aló, aló, W/Brasil!… / ¡Jacarezinho! ¡Avión! ¡Jacarezinho! ¡Avión! / Cuidado con el platillo volador / Saca esa escalera de ahí / Esa escalera debe quedarse aquí afuera / Voy a llamar al administrador / ¡Tim Maia! ¡Tim Maia! ¡Tim Maia! ¡Tim Maia!
Al ingresar a uno de estos modernos condominios, proyectados con la más tierna ingeniería urbanística, experimentamos la pacificadora sensación de haber encontrado, por fin, cierto orden y seguridad. Rápidamente nos damos cuenta de que allí se despliega una forma de vida en la que la precariedad, el riesgo y la indeterminación parecen haber sido abolidos. El espacio es homogéneo, conforme a ciertas reglas de estilo. Dentro de él, los lugares están bien distribuidos y las posiciones se encuentran cómodamente ocupadas. La policía parece realmente presente, a pesar de ser privada. Las calles están bien pavimentadas y señalizadas, no obstante el leve exceso de mensajes que indican rutas y condiciones de uso. Las casas exhiben su indefectible jardín delantero, sin cercas. Todo lo demás es funcional, administrado y limpio. La imagen de esta isla de serenidad captura las ilusiones del sueño de consumo brasileño promedio. Una región aislada del resto, donde se podría ejercer libremente la convivencia y el sentido de comunidad entre iguales. Un retorno a la naturaleza, una vida con menos preocupaciones, colmada de esparcimiento en la convivencia entre semejantes. Una comunidad de destino que se presenta en innumerables variantes: verticales, horizontales, residenciales, comerciales, privadas e incluso públicas.