Mapeo de narrativas: lo que el mapa de la ONU revela sobre las reparaciones simbólicas

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Este artículo es parte de nuestra nueva sección de Opinión, un espacio para ensayos de base argumentativa sobre las preguntas críticas que definen nuestra disciplina.

Durante siglos, la mayor parte del mundo se ha mirado a sí misma a través de un instrumento de representación espacial del siglo XVI. El pasado 4 de septiembre, la Asamblea General de las Naciones Unidas votó para cambiar esto al aprobar una resolución que insta a gobiernos, escuelas, medios de comunicación y empresas tecnológicas a retirar la proyección de Mercator en todos los contextos donde el tamaño relativo de los países sea realmente relevante, en favor de alternativas de áreas equivalentes como la proyección Equal Earth de 2018. La votación se aprobó por 164 votos contra 1. Estados Unidos fue el único en votar en contra.

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La resolución, impulsada por Togo y respaldada por la Unión Africana, no es vinculante y deja intacta la función real de Mercator: la proyección sigue siendo, tal como fue diseñada en 1569, una herramienta confiable para la navegación marítima y aérea. Lo que la votación cuestiona es su legado posterior: los casi doscientos años en los que un mapa creado para resolver un problema de navegación se convirtió en la imagen predeterminada del planeta en aulas, atlas y, hoy en día, pestañas de navegadores.

La distorsión en sí no está en discusión. La proyección de Mercator es conforme: preserva los ángulos y las formas a expensas de la superficie, la cual se agranda a medida que se aleja del ecuador. Groenlandia y África parecen tener un tamaño equivalente en un mapa de Mercator; sin embargo, en realidad África es unas catorce veces más grande. Alaska aparenta tener un tamaño similar al de Australia, que es cuatro veces e incluso media mayor. Para ilustrarlo con mayor claridad: Estados Unidos, China, India, México, Japón y la mayor parte de Europa cabrían dentro del contorno de África, y aún sobraría espacio.

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Antiguo mapa original del mundo coloreado a mano en la proyección de Mercator, hacia 1860. Imagen © RTimages vía Shutterstock

Francia se distanció de Mercator días antes de la votación al optar por la proyección de áreas equivalentes Eckert IV. El gobierno de Togo, por su parte, declaró que espera revisar sus materiales escolares de geografía antes de fin de año. Por el contrario, Estados Unidos, a través de su representante ante la ONU, calificó la resolución de distracción frente a los "problemas reales de paz, prosperidad o buenas relaciones internacionales", y acusó al organismo de promover una "agenda ideológica".

Que un mapa —un elemento habitual en las paredes de las aulas, los atlas y las pestañas de los navegadores, prácticamente incuestionable durante casi cinco siglos— pueda generar este tipo de desencuentro en las Naciones Unidas es, de por sí, notable. Nadie en la Asamblea General cuestionó la geometría subyacente; las proyecciones de áreas equivalentes no están sujetas a interpretación. Lo que se disputaba era algo completamente distinto.

No es el territorio

"El mapa no es el territorio", escribió en 1931 el semantista Alfred Korzybski. Cualquier representación, por útil que sea, es siempre una abstracción, una reducción de algo más grande que ella misma. Jorge Luis Borges llevó esta idea hasta su límite lógico y absurdo en el relato Del rigor en la ciencia: los cartógrafos de un imperio, en su afán de lograr una precisión absoluta, terminan por crear un mapa del tamaño exacto del propio imperio, que coincide con él punto por punto. El mapa resulta inútil. Un mapa perfecto, sugiere Borges, no es más verdadero, sino simplemente redundante. La representación solo funciona cuando se omiten cosas.

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Mapa del mundo de Mercator de 1569. Dominio público

Lo que se descarta y lo que se conserva nunca es una elección neutral. Italo Calvino exploró esta idea en un ensayo escrito tras visitar en 1980 la exposición Cartes et figures de la terre en el Centro Pompidou. El argumento de Calvino desafía la intuición de que el mapa aéreo, visto desde arriba —el que encontramos en cualquier atlas—, es la forma natural u original de la cartografía. Los primeros mapas eran registros de viajes: rollos de itinerarios romanos, mapas en franjas medievales, un rollo japonés del siglo XVII que trazaba el camino de Tokio a Kioto con un nivel de detalle ininterrumpido a ras de suelo. Se trataba de representaciones lineales, experienciales, construidas desde la perspectiva de alguien que se desplaza por el espacio a cada paso, más cercanas a una narración que a un diagrama.

La perspectiva cenital llegó más tarde y provino de un lugar específico: Calvino señala que la representación del globo terráqueo comenzó únicamente cuando el sistema de coordenadas empleado para cartografiar los cielos (polos, ecuador, meridianos) se transpuso a la Tierra. El mapa del mundo, en otras palabras, nunca fue simplemente observado; fue una herencia del cielo y se centró allí donde se encontraran quienes lo trazaban.

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El mapa del mundo de Fra Mauro. El mapa representa a Asia, África y Europa, con el sur en la parte superior. Dominio público

Esa herencia conlleva su propia historia de una centralidad en declive. Los mapas romanos, escribe Calvino, plegaban el mundo conocido al contorno del Imperio. Sin embargo, para 1459, el planisferio de Fra Mauro, influenciado por los viajes de Marco Polo y las primeras circunnavegaciones de África, ya mostraba a Europa visiblemente más pequeña en comparación con el resto del mundo, y con los puntos cardinales invertidos: una inversión de escala que se correspondía con una inversión de orientación. La cartografía, leída de este modo, no es una historia de objetividad, sino una negociación sobre qué proporción del encuadre logra ocupar una civilización.

Gerardus Mercator entró en esa negociación en 1569 para resolver un problema que nada tenía que ver con el tamaño. Su proyección es conforme —preserva ángulos y formas—, lo que significaba que un navegante podía trazar un rumbo de brújula directo, una línea de rumbo, a través del océano con total confianza. Aquello era un problema real y complejo, y Mercator logró resolverlo. No obstante, comprendía tan bien la distorsión de áreas que producía su método que él mismo utilizaba una proyección diferente, de áreas equivalentes, cuando necesitaba comparar masas continentales en lugar de navegar entre ellas. La proyección que llevaría su nombre tardó casi dos siglos más en ser plenamente útil en el mar, una vez que el cronómetro marino resolvió el problema paralelo de la longitud. Y tardó aún más, hasta bien entrado el siglo XIX y en pleno apogeo del imperialismo colonial europeo, en convertirse en el mapa del mundo estándar de uso general en atlas, aulas y, con el tiempo, redacciones de prensa: contextos para los cuales nunca fue diseñado y en los que sus distorsiones, fáciles de reproducir, tuvieron un costo enorme en la percepción del mundo.

El cartógrafo británico George Kellaway, en su libro Map Projections (1946), describió esta consecuencia con precisión. Se negó a atribuir cualquier "motivo imperialista" a Mercator o a los cartógrafos que lo sucedieron, dado que la proyección no había sido diseñada como propaganda. Sin embargo, argumentaba que su popularidad se debía en gran medida a que hacía que el Imperio británico pareciera considerablemente más grande de lo que era, y para entonces varias generaciones ya habían crecido viendo esa escala inflada simplemente como la fisonomía real del mundo. "Para ellos", escribió, "cualquier otro mapa es un jeroglífico distorsionado y sin sentido". Un mapa creado para resolver el problema de un navegante se había convertido, para personas que jamás trazarían un rumbo con él, en la única imagen del mundo que se sentía verdadera.

Contracartografías

Si la cartografía ha sido siempre una negociación sobre bajo qué encuadre se lee el mundo, también encierra la posibilidad de contraatacar o de transgredir dicho encuadre. En The Mapping Journey Project, la artista franco-marroquí Bouchra Khalili filmó a ocho personas que habían realizado migraciones clandestinas a través del Mediterráneo; cada una de ellas relata su viaje mientras lo traza, en tiempo real, sobre un mapa geopolítico. La cámara nunca se aparta del mapa ni de la mano en movimiento; no hay rostros, entrevistas ni puestas en escena. Khalili entregó el mapa a los participantes para que fueran los autores de su propio relato de travesía. El resultado no es una ilustración documental de la migración, sino una reconfiguración de la autoridad del mapa: el mismo papel que dictamina dónde se sitúan las fronteras se convierte, en manos de personas desconocidas, en el registro de una ruta que ninguna frontera fue diseñada para permitir. Aquí la memoria no relata un pasado cerrado; produce espacio, en presente, sobre la misma superficie que el Estado utiliza para negarlo.

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The Mapping Journey Project, 2008-2011. Fotograma de videoinstalación. Cortesía: Bouchra Khalili
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The Mapping Journey Project, 2008-2011. Fotograma de videoinstalación. Imagen © Louisiana Museum of Modern Art

Partiendo de la premisa opuesta, Dele Adeyemo, profesional de la arquitectura y el arte de origen escocés-nigeriano, no sobrescribe el mapa oficial, sino que rechaza por completo su lógica. En The Cosmogony of (Racial) Capitalism, contrapone el planisferio de Cantino —un mapa portugués de principios del siglo XVI que presenta el territorio como algo susceptible de ser reclamado y explotado— a diagramas espaciales extraídos de la cultura material de África Occidental, construyendo lo que denomina un "cosmograma transcosmológico". El contraste gira en torno a un único símbolo compartido. En la cartografía europea, una cruz marca un punto: una coordenada, un reclamo, un lugar de conquista. En la cosmología yoruba en la que se apoya Adeyemo, una cruz dentro de un círculo señala algo totalmente distinto: la intersección de los mundos material e inmaterial, a la que no se llega mediante la medición, sino a través de la danza, la adivinación y el movimiento ritual.

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Planisferio de Cantino (1502), Biblioteca Estense, Módena, Italia. Dominio público
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Cosmograma presentado en "The Cosmogony of (Racial) Capitalism". Imagen cortesía de Dele Adeyemo

No se trata de un mapa más preciso del mismo territorio. Es un relato diferente de lo que constituye el territorio, uno en el que la tierra, en primer lugar, nunca fue reducible a una coordenada trazada; que es precisamente en lo que el colonialismo y el capitalismo necesitaban que se convirtiera.

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Cosmograma presentado en "The Cosmogony of (Racial) Capitalism". Imagen cortesía de Dele Adeyemo

Estas prácticas artísticas sugieren que la solución para un mapa distorsionado no siempre consiste en buscar uno más preciso. A veces, se trata de un mapa que insiste en ser creado desde abajo; otras, es el reconocimiento de que la cuadrícula misma nunca fue la única manera de concebir el espacio. Ambas son variantes de una misma resistencia: negarse a que el territorio siga siendo algo dibujado desde arriba, por otros y en nombre de terceros. Sin embargo, este rechazo no se limita a las galerías de arte: el pasado 4 de septiembre llegó a la Asamblea General de la ONU.

El tamaño como símbolo

Lo que un mapa agranda, también lo jerarquiza. Las matemáticas de Mercator nunca estuvieron en discusión, pero su reinado de siglos como imagen predeterminada del planeta no se debió únicamente a cuestiones de cálculo: infló sistemáticamente a las naciones imperialistas y comprimió a los países colonizados. La proyección Equal Earth realiza una operación similar pero a la inversa. Al corregir la distorsión, África, América Latina y el Sudeste Asiático crecen sobre el papel hasta alcanzar una proporción más cercana a su peso real en el mundo. Los países que Mercator redujo son, casi sin excepción, los que la resolución agranda.

El ministro de Relaciones Exteriores de Togo, Robert Dussey, se esmeró en presentar la campaña como un esfuerzo científico y no político. Y tiene razón: las proyecciones de áreas equivalentes son cartografía consolidada, no una opinión. Sin embargo, este enfoque también es estratégico: anclar la corrección en matemáticas irrefutables es precisamente lo que hace imposible desestimar su peso simbólico como mera ideología. Al anunciar el distanciamiento de Francia respecto a Mercator, Jean-Noël Barrot declaró directamente: "Cambiar el mapa, evidentemente, no cambia el mundo. Pero corregir una representación que lo distorsiona ya constituye un acto de verdad". Moky Makura, de la organización de incidencia Africa No Filter, fue más allá y planteó que lo que está en juego es un asunto narrativo más que geométrico: "Si nos equivocamos durante tanto tiempo en algo tan básico como el tamaño de África, ¿qué más sobre África hemos aceptado simplemente sin cuestionar? África no necesita que la hagan más grande. Necesita ser vista con precisión".

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La proyección cartográfica Equal Earth es una proyección cartográfica global pseudocilíndrica de áreas equivalentes creada por Bojan Šavrič, Bernhard Jenny y Tom Patterson en 2018. Imagen CC BY-SA 4.0
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Proyección de Mercator del mundo

La objeción de Estados Unidos, leída a la luz de esto, resulta más reveladora de lo que parece a primera vista. Yaryna Ferencevych acusó a la Asamblea General de volver a debatir sobre "proyectos cartográficos del siglo XVI" en nombre de "reparaciones y 'justicia cognitiva'". El comentario pretendía desestimar la resolución por considerarla trivial; al contrario, pone en evidencia lo que realmente está en juego: la escala se asume aquí como una cuestión de justicia, y nadie —ni siquiera Estados Unidos— pone en duda las matemáticas que la sustentan.

¿Pero por qué incomoda tanto representar a los países y continentes explotados —la periferia del capitalismo— en su tamaño real? Detrás de esto subyace un hilo teórico más profundo. La geografía nunca se produce desde un punto de vista neutral; siempre se lee desde algún lugar, y ese lugar ocupa una relación estructural, de centro y periferia, con respecto a todo lo demás. Bajo este marco, la condición de la periferia no es simplemente una cuestión de escasez o subdesarrollo, sino una privación de la capacidad de narrar el propio lugar en el mundo en condiciones de igualdad. Un mapa es uno de los instrumentos más literales a través de los cuales esa narración se concreta o se frustra. Durante casi quinientos años, y con mayor fuerza en los últimos dos siglos, ese instrumento contó una sola historia. Equal Earth cuenta otra muy distinta de manera deliberada: no porque la periferia haya crecido, sino porque, por primera vez a esta escala, una institución ha aceptado dibujarla con el tamaño que realmente tiene.

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Sobre este autor/a
Cita: Romullo Baratto. "Mapeo de narrativas: lo que el mapa de la ONU revela sobre las reparaciones simbólicas" [Mapping Narratives: What the UN Map Reveals About Symbolic Reparations] 11 sep 2026. ArchDaily en Español. Accedido el . <https://www.archdaily.cl/es/1184897/mapeo-de-narrativas-lo-que-el-mapa-de-la-onu-revela-sobre-las-reparaciones-simbolicas> ISSN 0719-8914

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