
Entre los siglos XVIII y XIX, viajar por Roma, París, Venecia, Florencia y otras ciudades europeas se consideraba una parte esencial de la formación de quienes recién se graduaban en arquitectura. En una época en la que el acceso a fotografías y publicaciones era sumamente limitado, estos viajes constituían la principal vía para experimentar la arquitectura de cerca. A principios del siglo XX, Le Corbusier reinterpretó esta tradición a su manera: a los 23 años, se embarcó en el Voyage d'Orient, recorriendo los Balcanes, Estambul y Atenas, y creando cuadernos de viaje a los que regresaría a lo largo de toda su vida.

