
El término oficina, del latín scriptorium, significa "lugar de escritura" y, tal vez por eso, generalmente la primera imagen que nos viene a la mente es la de un espacio compuesto por una mesa y una silla. Sin embargo, no siempre fue así. En la Edad Media, los monasterios eran los principales lugares destinados al estudio y al conocimiento, con salas privadas diseñadas para favorecer la concentración de los monjes durante sus períodos de investigación. No obstante, los registros históricos señalan que dichos espacios no eran precisamente cómodos, dado que los estudiosos permanecían de pie la mayor parte del tiempo.
A pesar de esto, aun considerando que durante el Renacimiento —a partir del siglo XIII— la producción intelectual comenzó a salir del ámbito religioso para expandirse hacia las artes, la ciencia y el comercio, el modelo "clásico" de oficina —que más tarde se estendería a innumerables profesiones, incluida la arquitectura— surgió recién después de la Revolución Industrial, cuando la función administrativa se separó de la producción. En ese momento —a finales del siglo XIX—, a pesar de estar físicamente separados de las fábricas, estos espacios presentavam uma organización todavía muy fabril, con grandes salones centrales y mesas alineadas en fila. Alrededor de estas áreas se distribuían las oficinas privadas, separadas por tabiques de vidrio, mientras que el personal de alta jerarquía ocupaba los mezaninos.
















