
Los y las arquitectas calibran cuidadosamente su relación con la tierra, adaptando las cimentaciones al suelo, el agua subterránea, el clima, el riesgo y la cultura. Los pilotes de madera hincados, las plataformas de tierra apisonada y las losas de concreto vertido son, en cada caso, una respuesta a un conjunto específico de condiciones del suelo, y cada una moldea la arquitectura que se eleva sobre ellas. La manera en que un edificio se desplanta sobre la tierra determina su durabilidad y sus límites, ya que los cimientos se encuentran entre las decisiones de diseño más trascendentales que se toman en la arquitectura.
La ciudad de Róterdam se encuentra aproximadamente a un metro bajo el nivel del mar, una condición rectora que define la vida cotidiana en la segunda ciudad más grande de los Países Bajos y que representa una preocupación creciente ante la inestabilidad de las condiciones costeras. La ciudad ocupa el delta de los ríos Rin y Mosa, un paisaje que nunca fue seco por naturaleza, sino que se ha mantenido funcional gracias a siglos de intervención hidráulica. Las juntas de agua (waterschappen) de esta región se encuentran entre las instituciones democráticas más antiguas del mundo; creadas en el siglo XIII para gestionar el drenaje compartido del agua, hoy en día siguen operando como organismos electos con capacidad técnica. A medida que el nivel del mar aumenta y las precipitaciones en el norte de Europa se vuelven menos predecibles y más extremas, Róterdam enfrenta un riesgo significativamente mayor de marejadas ciclónicas costeras e inundaciones urbanas provocadas por el colapso de la infraestructura de drenaje.






































































